Al lector:

La Segunda Guerra ha sido un gran laboratorio de estudios humanos y sociales. Todavía no hemos terminado de recorrer todos y cada uno de los fragmentos en juego. No es fácil de abordar. Toca una de las cosas más preciadas que tenemos y de la que no estamos muy dispuestos a prescindir: la idea de que somos buenos, nobles, generosos y solidarios. A nadie le gusta verse en el lado oscuro, en la parte de atrás. La shoá -el holocausto-, o sea la experiencia de los judíos en los territorios ocupados por el nazismo, nos muestra también ese lado que, en condiciones normales, está más contenido, aparece sólo en las páginas policiales. Los sobrevivientes de la shoá nos muestran toda la complejidad de lo humano en sus dos lados: la humillación y la vergüenza, junto al dolor, la iniquidad y la abyección por un lado, y la fuerza, la dignidad, la decisión suprema de vivir y la increíble capacidad de recuperación por el otro. Nos dan un cuadro más completo, también difícil de digerir por lo complejo y contradictorio, de la naturaleza humana.

Quiero contarle cómo escribí este libro y por qué. También quiero hacerle una advertencia y, por último, un pedido.

¿Cómo?. Lo escribí en una computadora portátil. Usé como procesador de texto el Word Perfect 6.1 y como combustible mi propia sangre. Lo escribí con los dedos y las tripas. Sin eufemismos se lo digo. Las palabras han dejado de asustarme. Me asustan algunas conductas de las personas. Y de éso se trata el libro que tal vez usted esté por leer.

¿Por qué? Lo escribí porque no pude hacer otra cosa. Me quemaba. No lo podía guardar en mi interior. Me estaba haciendo daño. A partir de mi descubrimiento de que una de las cosas que soy es hija de sobrevivientes/aparecidos de la shoá, empecé un camino de búsqueda e investigación, como hacemos muchos de nosotros. Primero una búsqueda personal de la historia de mis padres, la historia de su supervivencia, de cómo, de por qué. Mi padre ya había muerto, sólo tenía a mamá quien no quería contar. En realidad contaba, pero era fragmentado, a veces sin sentido, un relato plagado de silencios y abruptos cambios de tema. Mamá ya estaba cansada de vivir y de callar. Hoy ya no está. En aquél momento no la quise perturbar demasiado. Averigüé bastante, pero no lo suficiente. Ello me llevó a buscar en otras fuentes. Primero los otros sobrevivientes que habían sido mi familia en esta nueva vida. Después los libros. Más tarde un viaje con mi hermano a las raíces, Polonia, Ucrania.... Luego la Fundación Memoria del Holocausto y nuestro grupo de Segunda Generación. Más tarde la Fundación de Spielberg con su proyecto de toma de testimonios. Lo que empezó siendo una búsqueda personal, terminó enfrentándome con lo que determinó mi necesidad de escribir. Encontré que las víctimas-sobrevivientes no tenían un lugar claro y reconocido en la sociedad. Que a partir de la posibilidad de que hubiera alguien que deseoso de escuchar, un oído no crítico y amable, estaban dispuestos a contar. Me pregunté por qué antes nadie los había querido escuchar. ¿Qué había determinado un silencio de cincuenta años? ¿Qué era lo que tenían que decir que era mejor que permaneciera callado? Si eran testigos privilegiados del horror al que puede llegar el género humano, ¿por qué no aprender de esa dura experiencia que vivieron para extraer lecciones que nos lleven a ser mejores personas, a vivir en un mundo mejor? Son ésas las preguntas que me acosaban sin cansancio. No creo haber podido contestarlas. Tan sólo pude acercarme a algunos de los temas y empezar a pensar.

Me senté a escribir para ordenar mis ideas, tan avasallador era lo que iba encontrando, tan inquietante, tan conocidamente desconocido. Transcribía citas de los autores que se referían a aquellos aspectos que me interesaban, los más dolorosamente escindidos de la memoria colectiva, pero que ejercían un efecto tóxico sumamente poderoso. Cuando iba compartiendo algunas cosas de lo escrito con otros hijos de víctimas-sobrevivientes me sorprendía de su reacción, descubría que para muchos de ellos, eran preguntas válidas, que también los acosaban, que los aportes que les proponía aliviaban algo de sus cargas y brindaban nuevas lecturas y significaciones a muchas de sus vicisitudes familiares.

Nunca pensé que lo que iba escribiendo llegaría a ser un libro. Se lo debo a Raquel Hodara que, cuando leyó algo de lo que había escrito, me estimuló calurosamente a que lo publicara.

Advertencia. No hablo de cosas amables en este trabajo. Si bien he hecho un especial esfuerzo para no dejarme llevar por innecesarias escatologías, por la peligrosa fascinación del mal y la muerte, no he ahorrado nada de las experiencias verdaderamente vividas por los sobrevivientes. Hay cosas que no son agradables de leer (ni menos de vivir).

Si prefiere quedarse con una versión mistificada de la shoá y de la naturaleza humana, no lea este libro.

Si prefiere seguir viendo a la realidad como un sistema binario simplificado de buenos y malos, de blancos y negros, de nortes y sures, hágame caso, no lea este libro.

Si prefiere glorificar la muerte, levantar monumentos y decir discursos llenos de "nuncas mases" declarativos, llenos de estadísticas y grandes números pero alejados de la cruda experiencia humana, no lea este libro.

Si prefiere no ensuciarse las manos ni mancharse los zapatos con barro, definitivamente, no vaya a leer este libro.

Pedido. Si ha decidido hacerme caso y no leerlo, sepa que lo comprendo, lo comprendo y lo acepto. Si a pesar de mi advertencia usted ha decidido seguir adelante, bienvenido. Cuando lo termine, o cuando vaya por la mitad si se le antoja, me gustaría saber qué piensa, qué siente, si tiene reparos, acuerdos, cosas que agregar, cosas que rectificar. Escríbame. Ayúdeme a darle algún sentido a la shoá, un sentido prospectivo. Aún cuando estoy enrolada definitivamente en el bando de los escépticos y pesimistas, no puedo conmigo (táctica de sobreviviente tal vez) y sigo alentando una pequeña esperanza.

(Puede escribirme a la editorial o si tiene e-mail: diana@dianawang.net)

Florida, Junio 1998